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El menguante Mar de Aral, vista de satélite

El Mar de Aral, a caballo entre Kazakhstán y Uzbekistán, está muriéndose.

Lo que otrora fuera la cuarta masa interior de agua del mundo ha ido reduciéndose a un ritmo espectacular en los últimos cincuenta años, y para 2020 se espera que toda su sección meridional desaparezca por entero. En 1963 el lago poseía una profundidad media de 16 metros y abarcaba 66.457 kilómetros cuadrados, pero entonces, con lo que la Organización mundial de la Alimentación y Agricultura (FAO) de Naciones Unidas ha denominado “un ejemplo ‘de libro’ de desarrollo no sostenible”, el gobierno de la URSS decidió desviar dos ríos que alimentaban el mar, Syr Darya, al norte, y Amu Darya, al sudoeste, para llevar riego a los agricultores de algodón kazacos y uzbecos.

A medida que bajaba el flujo del agua, el Mar de Aral comenzó a secarse. Para 1987, ya había 27.000 kilómetros cuadrados —un área ligeramente menor de la de Bélgica— que no estaban cubiertos por agua, la profundidad se había reducido a 14 metros en las zonas que quedaban y la salinidad del agua se había duplicado. Tres años después el mar se había secado tanto que se había dividido en dos: el Gran Aral, al norte, y el Pequeño Aral, al sur. Para 1997 se consideraba biológicamente muerto el Gran Aral, debido a la elevación de los niveles de salinidad. En la actualidad, un radio de 300 kilómetros cuadrados en torno al mar se ha arruinado debido a las 200.000 toneladas de sal y arena que el viento allí deposita diariamente. La contaminación salina ha reducido y sigue reduciendo la superficie disponible para la agricultura, destruyendo las áreas de pastizales y envenenando a los habitantes de la zona: en ciertas zonas alrededor del mar los índices de tuberculosis y cáncer laringofaríngeo son tres veces superiores al promedio nacional. Si bien en general existe el consenso de que el Mar de Aral jamás volverá a su nivel de los años sesenta del siglo pasado, en este momento se están llevando a cabo esfuerzos por parte de varios países para evitar que el deterioro prosiga.

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