Airbus Defence and Space

Imagine que usted —y millones de personas de todo el mundo— están mirando el Mundial de Fútbol en televisión. Las imágenes que está viendo han viajado 36.000 kilómetros hasta un satélite y luego otros 36.000 kilómetros de vuelta a la Tierra en sólo un segundo. Los satélites han hecho posible que observemos lo que pasa en el mundo en el momento en que sucede.

En 1962, un periodista de la revista National Geographic visitó a los científicos que trabajaban en Telstar 1, el primer satélite de telecomunicaciones del mundo. “Empecé a imaginar”, escribió, “estar sentado en mi propia sala de estar cerca de Washington D.C. y ver transmisiones de la apertura del Parlamento Británico o de unos futuros Juegos Olímpicos en Asia”. Casi medio siglo después, esta visión del porvenir se ha convertido en una faceta aceptada, integral de nuestra vida cotidiana. Telstar 1 fue lanzado poco después ese mismo año y recibió y envió las primeras imágenes de televisión a través del Océano Atlántico el 10 de julio (fueron recibidas en Gran Bretaña y Francia). Para cuando finalizó su misión en febrero de 1963, el satélite también se había utilizado para reenviar transmisiones de telefonía, telegrafía, datos, telefoto y facsímil, y había dado comienzo una nueva era en el ámbito de las comunicaciones mundiales.

La idea de utilizar satélites para enviar sonido e imágenes por todo el mundo fue popularizada por vez primera por el escritor británico Arthur C. Clarke (el autor de “2001: Odisea del Espacio”), in 1945. En un artículo publicado en la revista Wireless World, exponía la teoría de que los satélites enviados a órbitas de casi 36.000 kilómetros de altitud sobre el ecuador permitirían una cobertura mundial. Esta órbita geoestacionaria —desde la cual, desplazándose a la misma velocidad que el planeta, los satélites cubren permanentemente el mismo punto sobre la Tierra— significaba, según Clarke, que en teoría con sólo tres satélites se podría tener una “huella” que abarcara la totalidad del planeta. Para 1962 se había evolucionado —y se era más ambicioso— y un científico del proyecto Telstar 1 le dijo a National Geographic que “entre 30 y 50 [satélites] podrían a la larga unir entre sí a todos los países del mundo”. Desde entonces, la “órbita Clarke” se ha llenado de hecho con cientos de satélites, y todos ellos reciben y reenvían enormes cantidades de imágenes, palabras y datos desde la Tierra y de nuevo a ella, permitiéndonos ver el mundo de manera distinta.

Es la televisión, que alcanza a más de la mitad de este tráfico, lo que quizá haya cambiado más radicalmente gracias a los satélites geoestacionarios, y no sólo, como podría pensarse, para aquellos que reciben imágenes de TV desde una paellera instalada en el tejado. En la actualidad los satélites son vitales para todos los elementos del proceso de difusión —sin ellos no seríamos capaces de ver noticias o actos deportivos en directo, como por ejemplo, la final del Mundial de Fútbol— y han concedido a millones de personas un acceso sin precedentes a información y entretenimiento.

Y del mismo modo que la televisión ha cambiado gracias a los satélites, éstos han tenido que adaptarse para satisfacer una demanda que no deja de crecer. Telstar 1 pesaba sólo 77 kilogramos y tenía sólo un transpónder o repetidor —un dispositivo que recibe y vuelve a transmitir la señal—, mientras que los satélites actuales pueden tener una masa de hasta 6.000 kilogramos y habitualmente llevan 32 transpónders. (Los Hot Bird 8,9 y 10 de Eutelsat, lanzados en 2006, 2008 y 2009, respectivamente, cuentan todos ellos con 64 transpónders, cada uno de los cuales es capaz de retransmitir unos doce señales digitales de TV). La necesidad de contar con satélites cada vez más potentes seguirá creciendo, sin duda, a medida que la televisión vaya entrando en era de la alta definición, que precisará de mayores anchos de banda; y porque se espera que para 2017 se duplique la cifra de canales de TV digital en todo el mundo, hasta llegar a los 30.000. Los satélites han cambiado el modo en que vemos el mundo... a 36.000 kilómetros de distancia.

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