Airbus Defence and Space

Un lanzador europeo para un mercado mundial

Si uno examina el mercado comercial espacial y su evolución llega a la conclusión de que los europeos, al dotarse de un lanzador concebido para el mercado geoestacionario junto con una estructura comercial para explotarlo, han liberalizado el acceso al espacio y facilitado la explosión de un vasto mercado de telecomunicaciones espaciales que, a su vez, ha alimentado los desarrollos del lanzador.

El fracaso de su programa de lanzador Europa, que fue incapaz de colocar una carga útil en órbita durante los cuatro intentos realizados entre 1968 y 1971, obligó a los europeos a tomar decisiones difíciles. Por un lado era preciso que se revisase por completo la labor y diseño hasta ahora llevada a cabo para crear un nuevo lanzador que sería desarrollado como un sistema integrado y ya no como una colección de elementos nacionales. Por otro lado, era preciso que se encontrase un medio de lanzar satélites que orbitasen sobre Europa y permitiera lanzar la pareja de satélites franco alemanes de telecomunicaciones Symphonie.

El 9 de octubre de 1972, una carta del presidente de los EEUU, Richard Nixon, aseguró a sus socios europeos que la capacidad de lanzamiento estadounidense estaría disponible siempre y cuando los satélites transportados respetasen los tratados en vigor y sobre todo la convención Intelsat, que otorga a esta organización —en gran medida dominada por la Comsat estadounidense— el monopolio de las telecomunicaciones espaciales internacionales. Carentes de alternativas, los europeos tuvieron que ceder ante esta imposición y los Symphonie, puestos en órbita mediante lanzadores estadounidenses Delta, sólo servían de enlaces experimentales de empresas, aunque también demostraron una serie de nuevas tecnologías. Esta lamentable situación contribuyó a impulsar la aceptación del programa Ariane en 1973. En aquella época, sólo Intelsat y Canadá poseían satélites de telecomunicaciones civiles —poco después le seguirán Estados Unidos e Indonesia— todos estos satélites fueron construidos en Estados Unidos, principalmente por Hughes.

La revolución Ariane

La llegada de Ariane cambió la situación por completo. En primer lugar, proporcionó a los europeos los medios para conseguir sus ambiciones y Francia, Alemania e Italia fueron capaces de poner en orbita sus propios satélites. A continuación, al suministrar un acceso inmediato a nuevos operadores domésticos o regionales, forzó a los estadounidenses a flexibilizar el monopolio de Intelsat. Brasil, Japón, Arabsat y Eutelsat entraron en el juego, a los que pronto siguieron en 1988 dos entidades puramente comerciales que no tardaron en convertirse en gigantes: la estadounidense PanAmSat y SES de Luxemburgo.

Aunque el mercado accesible a Ariane se había estimado en 40 y 50 satélites entre 1980/1990 —con el objetivo de lanzar la mitad de esa cifra— un total de 62 satélites fueron puestos en orbita por el lanzador europeo, y más del doble durante la siguiente década. Hoy día ya ni se cuentan los operadores que depositan su confianza en Ariane para iniciar su actividad; y simultáneamente, los principales actores siguen haciendo de éste su lanzador de referencia.

© ESA – CNES – Arianespace


Más satélites y más grandes

Este auge de operadores hizo posible a la industria europea de satélites traspasar los límites nacionales e imponerse en apenas quince años como líder mundial, al fabricar satélites cada vez más complejos y potentes. Durante años, se afirmó que los avances en la miniaturización ayudarían a mantener el tamaño y el paso del satélite bajo control e incluso una reducción de su masa. Se subestimó el apetito de los operadores, que preferían añadir capacidad y potencia ante cualquier oportunidad.

Desde 1984 Arianespace ofreció lanzamientos dobles para satélites de 1,2 toneladas en Ariane 3, pero el límite de las dos toneladas se superó en 1985, el de las cuatro toneladas en 1989, las cinco toneladas en 2000 llegando las seis en 2005. La capacidad del lanzador tiene que irle a la par: de las 1,7 toneladas en órbita de transferencia en 1979, pasó a casi cinco toneladas en los últimos Ariane 4, y luego a cerca de 10 toneladas en el Ariane 5 ECA actual; en las próximas evoluciones propuestas para el Ariane 5 ME puede aproximarse a las 12 toneladas.

El mercado, por su parte, se ha diversificado en gran medida: se han lanzado algunas plataformas muy grandes de seis toneladas para ciertas aplicaciones específicas de banda ancha, una gran parte de los operadores sigue utilizando satélites de entre cuatro y cinco toneladas para el mantenimiento de sus flotas o la diversificación hacia la TV de alta definición. Las plataformas más ligeras, de entre 2,5 y tres toneladas, sirven también de variable de ajuste para los grandes operadores o como trampolín para los recién llegados. “Nunca hemos visto tal diversidad en las masas de los satélites”, señala Jean-Yves le Gall, CEO de Arianespace. “El sistema Ariane, con la flexibilidad que le aporta el refuerzo de Soyuz en Guayana, está especialmente bien situado para dar servicio a este tipo de mercado”, estima.

Dado que las necesidades del mercado siguen evolucionando, tanto cuantitativa como en el tipo de satélites, y dado que la competencia es cada vez más fuerte, está claro que es más que necesario estar preparado para los lanzamientos del futuro. Este fue precisamente el motivo por el que el Primer Ministro francés François Fillon encargó precisamente en mayo un informe, que incluía propuestas en este sentido: “Ha llegado la hora de tomar decisiones”, concluye François Auque, Director General de Airbus Defence and Space.

© ESA – CNES – Arianespace

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